Buscar
  • Editorial

Pérdida Gestacional

Actualizado: ago 15


Por Ana Vieyra Rausi


Mi historia como madre no inicia con esta pérdida.


Comencé con 18 años a dejar que la vida se abriera paso a través de mí, entre mi inconsciencia y “supervivencia”. Tengo tres hijos de mi primer matrimonio y también un aborto inducido y voluntario.


Curiosa y diversa por naturaleza, buscadora constante. He estudiado, practicado y experimentado muchas cosas. Soy maestra de yoga desde hace 16 años, (comencé a mis 21 años), he abierto puertas al mundo holístico para conocer mi cuerpo, mi mente, mis emociones, mis pensamientos, lo que soy, para pelar las capas hacia al interior. Dirijo talleres, terapias, cursos, ceremonias, círculos de mujeres, rituales, certificaciones y largo etcétera.


Por experiencia sé, que solo lo que se pone en práctica lo que realmente se sabe.


Hoy tengo 41 años, una consciencia más despierta, una visión más amplia y un camino recorrido de vida.


Hace 9 meses después de casarme por segunda vez y de llegar a vivir a otro país, comenzó la búsqueda de un nuevo bebé, poder vivir la maternidad de manera muy distinta. Llevo un año de haber llegado a Malta, ha sido una travesía interna de recapitulación, entendimiento, dejar, soltar, duelar, aceptar, y seguir. Me tomó 6 meses abrirle los brazos por completo a la vida que hoy me toca vivir.

Un proceso interno y externo profundo de adaptación.

Los seres humanos estamos diseñados y equipados para hacerlo, pero a veces no lo sabemos.


Después de una muerte siempre hay un renacer. Con este preámbulo quisiera comenzar este testimonio.


En noviembre del 2019, me hice estudios, mi doctor me dijo que estaba muy sana, que iba a poder embarazarme con facilidad. No fue así. Confiaba en que en algún momento iba a “pegar”, cada mes que recibía mi sangre, sentía cierta desilusión, eso me llevó a tocar frustraciones y tristezas muy fuertes. Me tocaba atravesar otro “umbral”. Solté por completo la expectativa de embarazarme.

Procuro tener hábitos de buena alimentación, ejercicio, meditación y otras prácticas que son mis grandes aliadas y herramientas.


Pero a veces no va por ahí, sino por una causa de “fuerza mayor”.


Estábamos en abril cuando me embaracé, fue una sorpresa llena de emociones; por un lado ya no lo esperaba, por otro, podía ver el deseo de un nuevo bebé manifestándose dentro de mí. Esos nervios de sentir a la vida dándote a manos llenas, justo cuando la pandemia empezaba a generar todo el revoloteo, yo me sentía confiada en que este bebé había llegado en el momento que tenía que ser. Me empecé a cuidar más, fui a un primer ultrasonido, era un pedacito pequeñito de ser con un corazón latiendo. Me sentía más alerta, más en mi cuerpo. Por esos días pedí en un rezo, poder conectar más con él, con su propia naturaleza, sabiduría, ritmos y tiempos. Nunca sentí el malestar de los primeros meses de embarazo. Agradecía tanto esa gentileza y esa dulzura.


No habíamos dado la noticia abiertamente, más que a algunos amigos muy cercanos. Queríamos esperar a que todo estuviera bien.


Cayó mi cumpleaños #41. ¡Qué regalo de cumpleaños estar gestando vida! Me tocaba un segundo ultrasonido. Fue una punzada en el alma cuando la doctora se disculpó por decirnos que el bebé ya no tenía latido, había dejado de latir entre 10 y 12 días antes. Mi primera y única pregunta fue: ¿Y ahora qué sigue? Lo único que me dijo la doctora fue: -Deja que tu cuerpo lo expulse solo, vas a sangrar mucho, y si ves que la hemorragia no para, ve al hospital. Esas fueron tal cual sus palabras. Yo no pregunté más. Salimos de la consulta, rompí en llanto y comence a sentir la noticia hasta el tuétano. ¡Qué dolor! La vida y la muerte danzan en una espiral juntitas todo el tiempo desde que somos concebidos. Comenzamos a morir desde el día que nacemos. Lo siento así.

Me cuesta trabajo expresar la sensación en el cuerpo de saber que tenía a mi bebé sin vida dentro de mí.


Hace falta estrenarse una vida nueva cada mañana si es que uno decide soportar la pérdida.

Era algo muy profundo, investigué, y comencé a leer testimonios al respecto. Nunca sabes algo hasta que te toca vivirlo. Lo que yo tuve se llama técnicamente aborto retenido y comenzaron muchos cuestionamientos.... ¿Por qué el cuerpo lo retiene? ¿Cuánto tiempo puede pasar antes de expulsarlo? Y muchas preguntas que me ayudaron a entender un poco más y a dejarme sentir. Fueron días interesantes, de mucho sentimiento mezclado. Y sostener la idea de que estaba en mi cuerpo y él lo expulsaría cuando estuviera listo. El cuerpo no puede expulsar el feto porque no ha reconocido que ya no está vivo, y se siguen produciendo las hormonas del embarazo. Hay mujeres que pueden retener al feto incluso hasta por dos meses.


Eso me hizo sentir más respeto y mucha ternura, por la nobleza y sabiduría del cuerpo. Era una espera incierta, que me dio algún espacio y tiempo, para “prepararme” para cuando llegara el día.

Llegó la semana siguiente, martes y miércoles, comencé a sangrar poco, el jueves 11 de junio después de una clase de yoga a las 9:00 am comencé a sentir cólicos y la energía bajita. Mis periodos siempre han sido muy tranquilos y casi nunca paso por dolor o cólico.

Así supe que había llegado el momento.

Viví este proceso intuitivamente. No sabía cómo iba a ser, pero ya estaba siendo, solo me sentía con la confianza en mi cuerpo y su propia sabiduría.

Estaba muy sensible, sosteniendo la incertidumbre sólo con Fe.


Me fui a acostar a mi tapete de yoga en mi cuarto, entraba el sol y era como sentir un abrazo cálido.

Sentía los cólicos pasando, y una descarga de sangre salió, me puse una falda roja que ha sido mi manto en muchas ceremonias de mujeres; me sentía muy acompañada todo el tiempo, y sobretodo sostenida por mi fuerza, una fuerza flexible y fluida. Mi intuición era la que me llevaba.

Expulsé primero al feto, indescriptible el amor que sentí por ese diminuto ser, al verlo, sosteniéndolo en la palma de mi mano, bañarlo con mis lágrimas, reconocerlo como mi bebé, mi ilusión, nuestra creación. Después comenzar la expulsión de todo lo demás; y pensaba; ¿cómo un ser tan pequeñito me estaba creando una pancita considerable? Solo cuando lo sentí y vi, comprendí; era todo el tejido en el cual se envuelve el refugio donde crece el bebé. Reconocer la placenta, distinta al demás tejido, mucha sangre alrededor. Tenía la presión muy baja, me desmayé y cuando regresé, tenía volteado uno de los bowls donde iba recolectando todo; estaba bañada en mi sangre, perdí el asco y el disgusto que me provocaba el olor tan penetrante; estaba ahí, en toda mi humanidad. Una escena impresionante y poderosa al mismo tiempo. Dar a luz en esas condiciones, en casa con la música que me daba la confianza y la suavidad para estar ahí, donde me sentía sostenida por fuerzas mayores. Era como una especie de trance en conexión indescriptiblemente profunda.


Además, estaba elaborando un duelo por partida doble, por el bebé que aborté cuando tenía 20 años. Hoy teniendo una perspectiva distinta, la vida es la vida y no hay excusas para terminar con ella. El dolor en mi alma fue intenso pero gozoso, fue perdonarme la ignorancia, la desconexión, no haber tenido guía o mentoría, y así tuvo que ser para ir haciéndome camino por mí misma. Y eso es una bendición también. Te asumes y responsabilizas con todo lo que implica. Las paradojas de la vida que cada vez las comprendo más.


El dolor y el gozo danzando.

La confusión y la rendición acompañándose.

La aceptación y la gratitud abrazándose.

¡Todo al mismo tiempo!


Esa noche hicimos un ritual mi esposo y yo , enterramos a nuestro bebé con su placenta y parte del tejido, ese cuerpecito de piel tan tierna y suave se iba deshidratando hasta quedar una hecho una pasita. Está enterrado en una planta de la abundancia que una de mis hijas me regaló en diciembre que vino a Malta, y se suponía este pequeñito nacería en ese mes. Así que simbolizando y entrando en el proceso de dejar ir amando tanto, sin prisa pero sin pausa.


Éstas eran algunas de las preguntas que me cuestionaba en las semanas posteriores:


¿Cómo me siento?

Muy en paz, en calma, en aceptación, abierta, triste por momentos, alegre otros, pero viva, ¡muy viva!


¿Para qué siento que vino este bebé tan provisionalmente?

Sigo descubriendo, pero sin duda vino a darme una perspectiva más profunda de la vida y más aceptación de la muerte, vino a darnos una ilusión y una motivación que quizá necesitábamos para nosotros mismos como individuos, vino a abrirnos paso a muchas profundidades llenas de tesoros, que sigo cada día intuyendo e integrando.


¿Cómo es despedirme sin habernos saludado cara a cara?

Yo creo que lo hice, lo miré y me miré a través de ése pedacito de ser. Me despedí con una profunda tristeza y en infinita gratitud.


Ahora sé mucho más acerca del aborto, qué sucede a nivel físico, cómo impacta al cuerpo, los cambios constantes de hormonas, cómo la mente entra en sus propios procesos, qué siente el alma. El duelo. Una experiencia completa en todos los niveles y aspectos que somos y tenemos.

El aborto está lleno de tabúes, y es algo que sucede como una constante, uno de cada 3 embarazos se pierde.


Cuando toca atravesar por uno, ¿cómo podemos hacerlo de manera diferente?


Algo poderoso se abrió en mí. Siento un anhelo para acompañar a mujeres que pasan por estas circunstancias, para ayudarlas a recordar y a conectar con su propia sabiduría, con su poder, con la capacidad que tienen el cuerpo y la mente, cuando hay esa integración. Saber que hay maneras diferentes de enfrentar un evento así de doloroso. Y si no se puede tener un “parto en casa” como yo lo hice, que se dignifique el aborto, porque sigue siendo un proceso de dar luz aunque el bebé no esté con vida, donde quiera que sea, y significarlo de diferentes maneras, que se establezca una experiencia amorosa y menos traumática para el cuerpo y la psique. Elaborar duelos es una de las formas más seguras para sanar heridas.


Pensaba, en otro momento de mi vida hubiera ido corriendo a “arreglar el problema” ahora puedo confiar en mí, en la naturaleza, sus ciclos y procesos. Y recordé que esas palabras justo fueron parte de un Rezo que intencioné en un taller que estaba tomando. Y mira la oportunidad que se presenta para ser vivida. “Cuidado con lo que pides”, dicen. Pero pedí bien, porque si este bebé es la puerta de entrada para un autoconocimiento más profundo de mi misma, me siento muy afortunada, entonces. Nunca antes lo viví, pero claro, no es lo mismo los 3 mosqueteros que 20 años después. ¡Literal!

Así me pasó con mis otros 3. A los 22 ya tenía a mi tribu completa.


Pareciera una hazaña esto que viví. Estamos desconectados de nosotros mismos, envueltos en muchísimos sistemas deshumanizados y robotizados. Y Hemos desacralizado y subestimado la Vida de formas miserables. Y somos los responsables de volver a lo sagrado, de hacernos más humanos. En los tiempos que estamos viviendo, es imperativo volver a recordar, a ejercer nuestro libre albedrío, volver a casa, al corazón, a la sabiduría, al contacto de lo natural y divino.


Este testimonio de vida es para eso, para recordar que podemos hacerlo de manera diferente, más humana, más conectada, significada y simbólica.


Hoy 11 de Agosto, cumplo dos meses de haber atravesado ese umbral, y lo honro así, compartiéndolo.


¡Gracias!






104 vistas

​© 2020 by Patty Bueno.